Premio Anual de Investigación Económica “Dr. Raúl Prebisch”

Desarrollo industrial y política macroeconómica en los dragones asiáticos: 1950-2010

Edgardo Torija Zane

2012-05-03 - Durante la segunda mitad del siglo XX, las economías del este asiático se destacaron por su rápido crecimiento económico. En la primera década del siglo XXI, el crecimiento de aquellas sigue siendo muy superior al de las economías de la OCDE (Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económico). Las dos economías más dinámicas de la región mencionada son Corea del Sur y Taiwán. En 1950, el ingreso per cápita de Corea y Taiwán era similar al del promedio de África; en la década de 1970, en tanto, el crecimiento de éstas se despega del de las naciones vecinas del sudeste asiático (exportadoras de productos primarios). En los años 1980, su ingreso por habitante supera al de los países de América Latina incluyendo a la Argentina. Hacia el 2010, el ingreso de Taiwán y Corea -economías ya industrializadas- es apenas menor que el de la Unión Europea y representa dos tercios del de EE.UU. Se ha generado un nutrido debate sobre el modelo de desarrollo asiático y sobre el rol del Estado en el despegue industrial y en el desarrollo económico. En este debate existen dos visiones contrapuestas: la primera, que puede denominarse “apertura de mercado con orientación exportadora”, sostiene que el éxito de Asia es el resultado del libre comercio (eliminación del sesgo anti-exportador de las políticas de sustitución de importaciones) y del apoyo selectivo a las exportaciones; mientras que la segunda, que puede considerarse una lectura heterodoxa o de “capitalismo dirigido”, enfatiza que el desarrollo industrial de Asia no hubiera sido posible sin un Estado particularmente intervencionista. La evidencia empírica tiende a dar crédito a la segunda lectura: en ella, el Estado juega un rol central en la asignación de recursos mediante el direccionamiento del crédito (Corea), la presencia sistemática en el capital de los grandes conglomerados (Taiwán), los incentivos fiscales. Estas políticas resultaron exitosas para desarrollar una industria diversificada y sofisticada. La idea generalmente admitida es que el desarrollo industrial fue estimulado por una estrategia macroeconómica cuyo pilar era la competitividad cambiaria. La coherencia de la estrategia basada en la estabilidad del tipo de cambio real habría sido asegurada por un manejo fiscal y monetario prudente. Sin embargo, se advierten diferencias de enfoque de política macroeconómica entre ambos países: de sesgo expansionista en Corea del Sur y ubicadas en el terreno de la ortodoxia en Taiwán. Ello daría a entender que no existe un paradigma único en materia de diseño de políticas macroeconómicas que favorezcan el desarrollo mediante la industrialización acelerada. La experiencia de los “dragones” lleva también a cuestionar la idea según la cual el intervencionismo en el sistema financiero desalienta inevitablemente el ahorro doméstico y la inversión en sectores rentables, fragilizando la dinámica del proceso de acumulación. Sin negar los efectos perniciosos de la presencia de rentas de distribución y de diversas formas de clientelismo indudablemente presentes en las dos experiencias, se destacan las exigencias de niveles de inversión mínimos estipulados desde la planificación estatal; las mismas permitieron, tanto en Corea del Sur como en Taiwán, transformar parte de ese beneficio en una expansión de la capacidad productiva. La persistente inflación en Corea y un ajuste cambiario muchas veces de ritmo inferior al del incremento de los precios domésticos no entorpecieron el éxito de la estrategia exportadora, contrariamente a la experiencia de los países de América Latina en donde la pérdida de competitividad cambiaria condujo recurrentemente a fenómenos de tipo “parada y arranque” que produjeron una compresión de la demanda y una pérdida de dinamismo económico. Esta “anomalía” concierne también a Taiwán en cuanto su moneda se apreció en términos nominales pero sin que ocurriera un deterioro de la dinámica exportadora y del equilibrio del sector externo. El alza de la productividad, que permite un incremento sostenido de los salarios reales sin que esto suponga la pérdida de competitividad, es el resultado de distintos incentivos a la inversión producidos por la actividad estatal, entre ellos tasas de interés subsidiadas, direccionamiento del crédito y premios a empresas exportadoras. Así, Corea del Sur y Taiwán respondieron exitosamente a las políticas de liberalización comercial y financiera, sin exponerse a crisis derivadas del sobreendeudamiento externo características de un número importante de economías emergentes. Una especificidad del caso de Corea del Sur y Taiwán, que los acercan más a la configuración de las economías desarrolladas que impulsan la globalización que a los países “emergentes”, es que la liberalización financiera y comercial corresponde a la propia necesidad de expansión de las empresas nacionales. En la gran mayoría de los países en desarrollo que adoptaron proyectos liberalizadores, la iniciativa fue impulsada de manera agresiva con el objetivo de “disciplinar” a empresas de baja productividad en mercados protegidos y para atraer inversiones extranjeras. Esta observación invita a la reflexión en torno a la secuencia de las reformas de liberalización, que tienden a resultar más sostenibles cuando el aparato productivo nacional cuenta con una cierta madurez que cuando la iniciativa se emprende con el objetivo de “disciplinar” industrias poco eficientes. Presentado el 3 de mayo de 2012 en el ciclo de Seminarios de Economía 2012.