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Boletín Monetario y Financiero
Cuarto Trimestre
2001
La envergadura de los acontecimientos observados en la economía doméstica relegaron a un segundo plano los sucesos acaecidos en el contexto internacional que pudieron haber afectado al sistema económico local. La crisis económica nacional surge en línea con la inestabilidad política, el deterioro sostenido de la condición fiscal del Gobierno Nacional y la reducción de la actividad productiva.
En este contexto, se consolidó una profunda desconfianza de los agentes económicos, caracterizada por la salida de los depósitos y la huida de los títulos públicos locales. A raíz de los acontecimientos, el Estado intentó suavizar la onsiderable disminución del consumo y de la recaudación tributaria. Sin embargo, la creciente incertidumbre sobre el futuro de los depósitos provocó una significativa salida de los mismos, provocando la necesidad del establecimiento de restricciones a su extracción. Esto último, más el creciente y sostenido aumento del desempleo, agravaron la situación social, ya anteriormente deteriorada, confluyendo en la renuncia del entonces Presidente de la Nación.
La evolución de las principales variables monetarias reflejó el contexto en el debió desenvolverse el sistema financiero. Es así que se observó una caída en la demanda de los agregados monetarios que obedeció a los factores locales antes mencionados. En cuanto a los depósitos que permanecieron dentro del sistema bancario, se observó una preferencia por los denominados en dólares. Asimismo, la tenencia neta de activos financieros domésticos decreció, especialmente por la compra de dólares, lo que provocó una reducción en el stock de reservas internacionales. Por otro lado, la caída de los depósitos condujo a un crecimiento de las tasas de interés pasivas, las cuales alcanzaron niveles superiores a los de la crisis de julio de 2001.
En el agudo contexto de iliquidez originado, el BCRA debió establecer nuevas medidas en términos de asistencia a las entidades con posibles problemas de liquidez.
En este contexto, los niveles de riesgo bancario crecieron ampliamente. El empeoramiento de la calidad de la cartera crediticia resultó una consecuencia directa de la reducción del stock de financiaciones y del incremento de la morosidad, que a su vez se derivan, principalmente, de la caída en la actividad económica y el incremento de las tasas de interés activas. Consistentemente, la evolución de la rentabilidad estuvo fuertemente conducida por los cargos por incobrabilidad, generando pérdidas trimestrales extraordinarias. La disminución de los resultados derivados de la tenencia de activos financieros y el incremento de los gastos de administración por circunstancias estacionales, contribuyeron notoriamente en el resultado negativo. Si bien los indicadores de solvencia normativos mejoraron por la disminución de la exigencia total de capital, el riesgo implícito de los activos bancarios creció. Un análisis alternativo del estado de solvencia de la banca privada, muestra una alta exposición de los bancos al riesgo de contraparte, en especial de las entidades minoristas, a un incumplimiento combinado del sector público y el privado.



